lunes, 26 de septiembre de 2016

domingo, 11 de septiembre de 2016

MI SEMEN ES MIO


Durante los años sesenta y setenta hubo una conmoción social que sacudió más de un pilar sobre los que se asentaba la sociedad de entonces. La mujer conseguía una mayor libertad de decisión sobre cuestiones que atañían a su vida sexual y reproductiva bajo el lema “mi cuerpo es mío” o su equivalente “nosotras parimos, nosotras decidimos”. Así, se liberalizó el uso de los anticonceptivos femeninos hormonales. También hubo grupos que utilizaron el mismo eslogan para obtener la liberación del aborto.
Las técnicas de reproducción asistida han constituido también otra revolución al lograr que parejas con capacidad limitada para tener hijos puedan tenerlos. Gracias a ello se han perfeccionado las técnicas de conservación del semen en bancos específicos, donde acuden parejas para obtener donaciones heterólogas, así como mujeres solas, o parejas lesbianas en busca de inseminaciones sin la presencia física del varón. Todo un muestrario de logros inconcebibles hace tan solo cuarenta años.
Como otros avances sociales, éstos también tienen sus sombras.
Asistimos con cierta regularidad a la aparición de noticias acerca de mujeres llenas de coraje que solicitan (y a veces obtienen) ser inseminadas con el semen congelado de sus maridos fallecidos o en estado comatoso. Hace diez años una española intentó conseguirlo solicitando al forense que iba a practicar la autopsia de su marido muerto en accidente de automóvil que extirpara los testículos y los preservara con esa finalidad. Se le permitió, pero no pudo lograr sus fines porque las condiciones de la muestra seminal así recogida no eran las idóneas para realizar esa tarea. Más recientemente, otra Española ha conseguido que las autoridades francesas accedieran a autorizarle utilizar semen congelado de su esposo, en ese país, con la misma finalidad.
Estas son las sombras a las que me refería antes. La conciencia de tener derecho a disponer de su propio cuerpo y concebir cuándo y cómo le parezca hace que algunas mujeres atropellen los derechos de los hombres a elegir ser o no ser padres y las condiciones en la que puedan serlo. En este sentido, podrían resumirse tales derechos masculinos con un eslogan similar al anterior: “mi semen es mío” o “nosotros eyaculamos, nosotros decidimos (sobre nuestro semen)”.
No puede alegarse que el hombre, en estado de coma o fallecido, deseara tener hijos cuando depositó su semen en un banco, para forzarle a ser padre después. Aparte de que hemos de aceptar que las personas puedan cambiar de opinión, y a que es obvio que podría desear serlo en la situación previa a la donación, ¿qué certeza se tiene de que mantendría el mismo deseo de paternidad sabiendo que sus hijos tendrían un padre ausente por defunción o enfermedad irreversible? No pueden despreciarse los aspectos psicológicos masculinos de la reproducción que plantea esta cuestión. Y, sobre todo, ¿un hombre fallecido no tiene derecho a la integridad física de su cuerpo (cuestiones legales aparte como la realización de las autopsias o donación de órganos) y la ley la obligación de preservarlo y evitar mutilaciones o manipulaciones como la señalada más atrás?
Creo que esas mujeres, en su arrojo, olvidan que frente a su derecho a ser madres (o no serlo) también está el de los hombres con cuyo semen desean ser fecundadas; ya sean maridos, ex-maridos, estén vivos o sean difuntos. Nadie puede hacer padre a un hombre sin su consentimiento expreso declarado en el momento y en las circunstancias presentes, por muy intenso que sea el empuje del reloj biológico femenino. Yo puedo desear intensamente ser padre ahora, pero ¿desearía tener hijos huérfanos? Esos hijos ¿no tienen derecho a nacer con su progenitor vivo? Pienso que sería anticonstitucional actuar en sentido contrario.
Existe aquí una fuente de posibles abusos donde la legislación vigente depende exclusivamente de la interpretación de la ley que puedan hacer los jueces. Porque los hombres también tienen derecho a decidir sobre su cuerpo…, ¡y nadie más!

sábado, 10 de septiembre de 2016

Madurez psicológica en la masturbación femenina.


El tópico afirma que masturbarse es cosa de mujeres inmaduras. En el lado opuesto está el que señala que es normal tanto masturbarse como no. En la red se mantiene la ambigüedad de que resulta tan normal masturbarse como no hacerlo; con la salvedad de que si se hace, se conoce mejor el propio cuerpo y se favorece el disfrute de las relaciones sexuales.
Sin embargo, existen evidencias sosteniendo que las mujeres que no se masturban no son “normales” o, si se prefiere, no son sexual ni psicológicamente sanas. Esas mujeres se encuentran entre las más inmaduras o disfuncionales; lejos de lo que venía sosteniéndose hasta ahora. Porque no es normal una represión tan masiva de los impulsos sexuales, como para impedir que el sujeto no manifieste su sexualidad de la forma más sencilla que es masturbándose. Permítanme que me extienda un poco más sobre esta idea para esclarecerla.
La experiencia clínica enseña que las mujeres completamente anorgásmicas que no se masturban se han visto influidas durante su infancia (justo en la etapa de adquisición de su sistema de valores) por el peso tres condicionantes de largo alcance.
Uno de ellos es una necesidad subjetiva, imperiosa, de disimular desde muy pronto sus impulsos sexuales; bien porque el ambiente social o familiar en el que se desarrollaron así se lo exigía; bien porque las dificultades personales de la joven le hacían ver como exigencia imperativa lo que sólo era un entorno social poco permisivo.
El otro condicionante es una ignorancia sexual superior a la mostrada por el resto de las mujeres del entorno donde ella se desenvuelve. Tal desconocimiento puede estar motivado por dos razones diferentes. Una, que la joven se haya desarrollado en una población pequeña, o no tanto, pero técnicamente aislada del resto de sus congéneres. O bien ha sido demasiado permeable y crédula respecto a los mitos sexuales, ignorando de forma sistemática los datos más objetivos que existen al respecto; porque no ha querido verlos, o porque no le han llegado por los cauces habituales.
Y, finalmente, ha jugado también un papel substancial en el desarrollo de esas mujeres una rígida influencia religiosa durante su infancia con su especial énfasis en los aspectos negativos y pecaminosos del sexo.
Tales fuerzas inhibidoras, al incidir sobre personalidades inmaduras, impiden que las jóvenes que se encuentran entre los seis años de edad hasta pasada la pubertad adquieran una experiencia sexual mínima (la que tienen las demás chicas), de las que la masturbación forma una parte esencial y es la más sencilla de todas. Esa falta de estímulos tempranos podría producir un deterioro físico y psíquico comparable al de cualquier otra clase de deprivación sensorial, tal y como apuntaba Money en 1978.
Pero la inmensa mayoría de las mujeres (90%) tiene capacidad orgásmica. Por lo tanto, si el orgasmo es una disposición femenina de carácter universal, puede colegirse que las mujeres orgásmicas constituyen la pauta y no una excepción entre las de su género. Luego, no resulta excesivo deducir de ello que sentir orgasmos es lo normalentre las mujeres; ellas sonconstitucionalmenteorgásmicas. Este es un punto importante a tener en cuenta.
Si, como se ha visto en otra parte, casi la totalidadde estas mujeres orgásmicas se masturban (lo hacen entre el 91% y el 99% de ellas), no puede sostenerse que todas ellas sean anormales; salvo que haya quien insista en que la masturbación lo es, y sea partidario de la generalización estereotipada e inexacta de que todas las mujeres son unas inmaduras o tienen el cráneo vacío (también algunas mujeres gustan de aplicar esa imagen a los hombres).
El razonamiento debe realizarse al revés: desde los datos observados hacia el concepto que nos muestran. Por eso, lo que esa frecuencia marca es el modelo de comportamiento que cabe esperar en el género femenino. O, lo que es lo mismo, tal información nos permite inferir que lo normal y frecuente es quetodas las mujeres que son orgásmicas se masturben(o casi todas, para dar lugar a la existencia de excepciones). De hecho, lo hacen. Y, por si eso fuera poco, la forma más eficaz de alcanzar el orgasmo entre ellas es, precisamente, mediante la masturbación; con una probabilidad de obtenerlo por este método que oscila entre el 90% y el 96%, según han encontrado distintos investigadores.
Son las mujeres incapaces de experimentar orgasmos por cualquier medio (10%) las que revelan tener dificultades con su sexualidad masturbándose a niveles de frecuencia muy por debajo de lo esperado; de lo que es normal (o frecuente) entre las orgásmicas. No puede extrañar que esas mujeres incapaces de extraer alivio de las tensiones sexuales generadas por la automanipulación genital se masturben poco o nada. Pese a todo, un número nada desdeñable de ellas (entre el 40% y el 48%) lo hacen; porque disfrutan de las sensaciones eróticas que despiertan mediante esa práctica, aunque no tengan después un orgasmo reparador.
Las mujeres anorgásmicas se diferencian de las que sí lo son porque sienten una mayor incomodidad al hablar con su pareja de la estimulación del clítoris. Tienen actitudes más negativas acerca de la masturbación, más sentimientos de culpa en relación con el sexo y una creencia más firme que las demás en los diferentes mitos sexuales que presiden nuestro (des)conocimiento colectivo acerca de la sexualidad.
Todo ello da pie para afirmar no sólo que la masturbación sea algo natural entre las mujeres (las orgásmicas al menos) sino que lo anormal es que el género femenino no se masturbe. Es una afirmación bastante rotunda que no siempre se formula con esta claridad. Y, sin embargo, existen datos que justifican la afirmación de que las mujeres que no se masturban no son normales; o, si se prefiere: tienen algún problema que bloquea el ejercicio más sencillo de su sexualidad que es masturbarse.
Las mujeres que no se masturban presentan unas características personales que justifican esa conclusión. Ya se ha comentado que la ausencia sistemática de la tendencia que tiene todo ser humano a buscar la satisfacción sexual, aunque sea masturbatoria (excluyendo los casos que por razones orgánicas tienen dificultades en este terreno), indica una represión masiva de las pulsiones sexuales. Y eso constituye más un signo de neurosis que de virtud.
         Los datos muestran que las mujeres que no se masturban, o que dicen no hacerlo, sienten muy bajo aprecio por su propia sexualidad y proceden de un ambiente familiar donde los temas sexuales nunca han sido discutidos abiertamente. Lo contrario de lo que se encuentra entre las que se masturban.
Sin embargo, estos dos elementos no son suficientes por sí mismos para definir el perfil de la mujer que no se masturba. Ambos se encuentran ampliamente difundidos entre la población general sin que afecten por ello a todas las mujeres en la misma dirección. Deben existir otros factores que puedan explicar la existencia de mujeres que afirman no masturbarse.
Uno de esos ingredientes se encuentra en la propia mujer. Lo que podríamos llamar elterreno sobre el que asientan las influencias sociales.
Las que no se masturban, a diferencia de las que sí lo hacen, son mujeres más introvertidas, con escasa asertividad social y actitudes más negativas hacia la masturbación y el coito; lo que las lleva a disfrutar poco de su sexualidad y a mantener una vida sexual menos activa. Estas mujeres, sexualmente más apocadas y poco asertivas, tienen un deseo sexual de baja potencia y disfrutan de un número menor de orgasmos en el coito, encontrándose, además, sexualmente menos satisfechas con sus relaciones de pareja que las que son más lanzadas en el terreno sexual.
         Existen numerosas evidencias de que las mujeres que no se masturban padecen disfunciones sexuales con mayor frecuencia. Prácticamente, dos de cada tres (65%) de estas mujeres no alcanzan el orgasmo durante el coito, mientras que las que afirman masturbarse lo sienten con mayor regularidad (entre un 87% y un 97% de ellas).
Además de la menor frecuencia de los orgasmos en la cópula, las mujeres que niegan practicar el autoerotismo presentan un carácter peculiar: puntúan más alto que las otras en introversión, rigidez obsesiva, escrupulosidad yneuroticismo.
Existen otras investigaciones que han relacionado, también, la ausencia del autoerotismo entre las mujeres con una baja autoestima sexual, escasa asertividad erótica, un rechazo mayor hacia la sexualidad en general, numerosas dificultades de relación con sus parejas y, nuevamente, con un carácter neurótico.

El neuroticismo de las mujeres que no se masturban supone una inestabilidad e inmadurez emocional que las hace especialmente frágiles frente al mundo exterior, con un nivel de tolerancia a las frustraciones muy bajo: “ser muy sensibles” a las incidencias negativas de la vida, por banales que sean, es una queja muy común entre ellas. Esa inseguridad les llena de inhibiciones. Ser tan vulnerables e inseguras, tan permeables a las influencias coercitivas externas, resulta insufrible. Por eso, estas mujeres tienden a crear una imagen idealizada de sí mismas (el “complejo de ángel” según la escuela de Caruso195) a la que intentan ajustar tanto su comportamiento como el de los demás. Pero eso resulta muy difícil, porque los demás no ven esa imagen interior idealizada, invisible, sino la que se deja ver realmente (con frecuencia, muy alejada de la que la paciente cree estar mostrando de sí misma). Por tal circunstancia, las neuróticas siempre se encuentran insatisfechas con el trato que reciben de los demás: “no me comprenden”, o “doy bastante más de lo que recibo”, son quejas que repiten con frecuencia.
Por eso son tan vulnerables y receptivas a las ideas ajenas que les alimenten esa idea angelical que tienen de sí mismas. Y, por tal razón, gustan de acercarse a aquellos movimientos o sistemas de referencia que les ofrezcan alguna seguridad; que tengan códigos de conducta bien establecidos en los que el riesgo de equivocación no existe, donde la responsabilidad sobre los propios actos queda lejos de sí y puede atribuirse a una fuerza externa, donde se refleje bien esa imagen angelical y trascendente de ellas mismas.
Tales razones permiten enraizar sólidamente la idea de que no masturbarse es algo virtuoso, porque refuerza el “complejo de ángel” que tanto necesitan para sobrevivir. Por eso se adhieren con rigidez a sistemas de valores que muestran caminos muy claros y les dictan lo que deben hacer y lo que no, estableciendo un límite franco entre lo que está bien hecho y lo que está mal. Y, así, se aferrarán a la idea que las religiones transmiten acerca de la masturbación y a los mitos sexuales sin criticarlos verdaderamente.

            Varias investigaciones señalan que las féminas que comunican no masturbarse suelen tener una frecuentación religiosa mayor que la de las que sí lo hacen. Este hallazgo es independiente de la religión practicada, si bien las confesiones que acumulan una proporción mayor de estas mujeres son la católica y la judía. Lo contrario también es cierto: las señoras que se confiesan agnósticas son las que más reconocen masturbarse (95%).
Resulta especialmente ilustrativa esta asociación entre las mujeres que afirman no masturbarse (no se sabe si no lo hacen de verdad o son más recalcitrantes en ocultarlo) y la religión, porque también se ha descubierto que las personas con mayor práctica religiosa son, precisamente, másneuróticas que las que no practican. Lo que nos devuelve al punto de discusión anterior que asociaba el neuroticismo con la ausencia de experiencias autoeróticas o su negativa a reconocerlo.
En líneas generales, se ha encontrado que las mujeres que aducen razones morales o religiosas para no tener relaciones sexuales, incluso aquellas que señalan no hacerlo porque “no sienten necesidad”, guardan una gran semejanza con las que dicen que no se masturban: todas ellas puntúan más alto en los tests de neuroticismo que las que hacen las afirmaciones contrarias. De hecho, a mayorneuroticismo menor es la experiencia sexual de todo tipo que comunican las mujeres, masturbación incluida. Y son másneuróticas las que acuden a los servicios religiosos que las que no lo hacen; y tanto más neuróticas aún cuanto más diariamente frecuenten esos servicios.
Esta asociación entre la frecuentación religiosa y la ausencia de masturbación no puede ser casual, pues se observa incluso en culturas muy diferentes a la nuestra.
Las chicas adolescentes de Samoa se masturbaban libremente desde los seis años de edad y no sentían demasiados pudores a la hora de hablar de ello (hablo en pasado porque su potencial aculturación puede haber cambiado las cosas). Pero las que comunicaron a Margaret Mead que no se masturbaban habían pasado en su mayoría (dos de tres) una larga temporada trabajando en la casa del misionero, cosa que no sucedía entre las que admitieron practicar esa actividad sexual. Que cada cual saque sus propias conclusiones.
Así pues, las mujeres que afirman no masturbarse son anorgásmicas, introvertidas, escrupulosas, inhibidas sexual y socialmente, ignorantes respecto a las cosas relacionadas con la sexualidad, creen férreamente en los mitos sexuales, y son frecuentadoras de los servicios religiosos y neuróticas.
Decididamente, existen razones empíricas de peso para afirmar sin ambages que es más normal que las mujeres se masturben a que no lo hagan. Y que practiquen la masturbación desde su infancia durante toda su vida, también lo es; sean célibes o estén emparejadas. Dicho de otra manera: las mujeres que se masturban son normales. Y lo que se puede decir de las pocas mujeres que no lo hacen es lo mismo que se afirma respecto a los hombres que se encuentran en la misma situación: tienen un problema.
La imagen tradicional que asocia masturbación con inmadurez es falsa; lo cierto es justo lo contrario.

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Jesús Ramos Brieva                             

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jramosb@salud.madrid.org

miércoles, 17 de junio de 2015

Las consecuencias físicas y psicológicas de la masturbación.

Las consecuencias físicas.
A la masturbación se le ha atribuido el origen de la frigidez, la esterilidad, la ninfomanía, la tabes dorsal, la tuberculosis pulmonar, la dispepsia y la indigestión, la pérdida de visión, la epilepsia, la pérdida de memoria, el asma, la parálisis general progresiva, la gonorrea, la catalepsia, la lasitud, flojedad, agotamiento y debilidad en la marcha, el deterioro de la médula espinal, el reblandecimiento del cerebro, la atonía nerviosa e, incluso ¡el suicidio y la muerte!037.
Las ideas falsas, por absurdas que parezcan, se mantienen porque con cierta frecuencia disponen de una cierta base real para poder sobrevivir en el tiempo, aunque sea de una forma un tanto cogida por los pelos. Si no fuera así terminarían desapareciendo por sí solas ante la obviedad de su falsedad. De ahí que algunas de las consecuencias atribuidas a la masturbación hayan gozado de cierta credibilidad durante tantos años; manteniendo algunas su vigencia incluso en la actualidad. Véanse algunos ejemplos.
Todas las enfermedades relacionadas con procesos de debilitamiento, agotamiento o astenia adquirieron un relativo crédito a causa de la relajación que aparece tras el orgasmo en la mayor parte de las ocasiones y por sus propiedades ansiolíticas o tranquilizantes. Es precisamente una de las causas por la que el orgasmo resulta tan agradable. Pero, cuando se relaciona esa grata relajación con una práctica (artificialmente) culposa, resulta muy sencillo aportarla como prueba del desorden de un orgasmo "irregular". De ese modo, la flojedad propia del orgasmo se "transforma" o, más bien, "se interpreta como" un agotamiento del organismo provocado por una actividad inapropiada. La consecuencia lógica de ese adoctrinamiento es que cada vez que una persona sintiera su cuerpo relajado tras el orgasmo, tendería a deducir que su organismo se estaba aflojando por esa práctica. En definitiva: que estaba enfermando. Sobre todo si el orgasmo procedía de un acto autoerótico.
Pero el orgasmo del coito también ha sido cargado de culpa en no pocas ocasiones; incluso hoy día. Por eso, la relajación postcoital también llegó a considerarse un desorden que debilitaba al organismo. Se sostiene que el coito es culpable cuando lo practican los solteros (a veces en condiciones poco gratas como son los asientos de los automóviles) y los casados, fuera del matrimonio. Pero no hace muchos años también se declaraba culpable el coito que se realizaba dentro del matrimonio con una frecuencia que se juzgaba indecorosa, cuando no directamente pecaminosa por ser practicado en días especialmente señalados como santos en el calendario propio de las diversas religiones. En cualquier caso, siempre que su único fin fuera el placer. Los (posibles) sentimientos de culpa en ese tipo de cópulas, asociados a la relajación del orgasmo, permitían que también se llegara a interpretar esta última como un desgaste del organismo que, a la larga, sería dañino.
Algo parecido sucedería con la vieja creencia de que la masturbación "reblandece la médula y el cerebro" que aún subsiste en algunos medios escasamente informados. La idea procede de un antiguo concepto oriundo de la Grecia clásica que consideraba al cerebro como el órgano que producía el semen. El líquido seminal, que es capaz de engendrar nada menos que una vida nueva, estaba cargado de una energía potencial extraordinaria. Razón por la cual, en caso de dilapidarse mediante la masturbación o por coitos muy numerosos, habría de gastar "necesariamente" mucha energía nerviosa. Y como esta energía era ni más ni menos que cerebral, este órgano sería quien sufriría las consecuencias del dispendio con un reblandecimiento mortal. Y esta idea era aplicable a ambos sexos puesto que, como ya se ha visto, se conoce desde muy antiguo que la mujer también eyacula o tiene emisiones vaginales más abundantes durante sus orgasmos.
Atiéndase a lo que afirmaba Tissot en el Capítulo V, dedicado a la mujer, de su célebre libelo antimasturbación: “los síntomas que aparecen en las mujeres tienen la misma explicación que los de los hombres. La secreción que pierden, menos valiosa y menos madura que el semen del hombre, no las debilita enseguida; pero, como su sistema nervioso es más débil por naturaleza y son más propensas a los espasmos, cuando cometen excesos [masturbadores] los síntomas son más violentos” (adopto la traducción hecha por Marisa Abdala en el libro de Andreae S: Anatomía del deseo. Planeta. Barcelona. 2000 [pág 161]).
Ya lo saben las lectoras. Como las mujeres son todas unas histéricas (sistema nervioso débil, frecuencia de espasmos... ¿qué otra cosa quería decir ese autor?), la pérdida de sus fluidos durante la masturbación tiene peores consecuencias.
Algo parecido sucedería con la médula. Si los lectores de uno y otro sexo hacen un poco de memoria, recordarán que cuando sienten sus orgasmos, aprecian sensaciones que cada cual puede describir a su modo. Pero una de ellas podría ser como una especie de sacudida en la zona lumbo-sacra, la parte baja de la columna vertebral. Pues bien: posiblemente basados en esa incierta experiencia, en el pasado se consideraba la médula como la sede iniciadora de las sensaciones sexuales y del orgasmo. De hecho, los novelistas eróticos del siglo XIX y principios del XX se hacían eco de ese sentir popular y localizaban allí los orgasmos en sus relatos. Así, en los hombres sucedía que "su médula se contraía, impaciente por recibir la mágica pulsación". Y las mujeres exclamaban en plena pasión: "hazme tuya hasta que se me pare el corazón, hasta que me estalle la médula y me quede muertecita en tus brazos"244.
En un contexto de temor reverencial hacia la masturbación, o cualquier exceso sexual, era lógico esperar que estos terminaran por debilitar y reblandecer tan preciada zona, con la pérdida consecuente del tono nervioso. En este caso se asociaba el miedo y la culpa, con las sensaciones más o menos “reales” de sacudida en la médula y la lasitud benefactora del orgasmo. Maridaje mal interpretado como debilidad en esta trama preñada de espantos.
A pesar de la galería de horrores descrita en los párrafos precedentes, a todas luces desfasada para los conocimientos actuales, las consecuencias físicas de la masturbación que más preocupan a las chicas de hoy son básicamente: los “granos” de la cara y el acné, así como las posibles deformaciones ocasionadas en el clítoris y los labios menores de la vulva y, quizás, la frigidez y la pérdida del tono nervioso.
La respuesta a este último temor (la atonía nerviosa) ya se ha dado en los párrafos precedentes. Es un miedo infundado alimentado por quienes están interesados en crear angustia entre las jóvenes para llevarlas forzadas por el camino de un concepto peculiar de la “virtud”. Pero la masturbación no produce mayor desgaste que la misma frecuencia de coitos o practicar un deporte todos los días y ducharse después.
La cuestión de los “granos” de la cara, o del mismo acné, es una de esas desafortunadas asociaciones espurias que se apuntaron antes a las que se termina por dar una relación causa-efecto verosímil, aunque no la tengan. Lo que permite nutrir los temores populares frente a la masturbación.
Tanto lo uno como lo otro van realmente asociados a los cambios hormonales que acontecen en el organismo cuando se llega a la pubertad. Tales transformaciones ocasionan un aumento de la producción grasa de las glándulas sebáceas de la piel. En ocasiones, se acumula la queratina de la epidermis en su emboca-dura e impide que el sebo salga al exterior con normalidad. La grasa acumulada de ese modo es un caldo de cultivo excelente para los gérmenes, que terminan infectándola y originando esos “granos” y puntos negros faciales que tanto preocupan a las adolescentes.
Como en la pubertad aparecen a la par tanto los “granos” en el rostro como un incremento del autoerotismo, fue muy sencillo asociarlos y determinar que era la masturbación la que los ocasionaba (podía haberse resuelto que era al revés). Pero ningún dermatólogo se atrevería a sostener tal relación causa-efecto hoy, porque es falsa.
Tengan por seguro los lectores de ambos sexos que si la calvicie apareciera en la pubertad en vez de en la fase adulta de la vida de los hombres, o en el periodo posmenopáusico de la mujer, sin duda se habría atribuido su causa al abuso de la masturbación.
El temor a que la costumbre de masturbarse deforme el clítoris y los labios menores es más preocupante desde el punto de vista sanitario. Básicamente porque afecta a un buen número de las jóvenes, quienes, cuando tienen algún problema de salud auténtico, terminan por demorar cualquier exploración médica -máxime si se trata de un reconocimiento ginecológico- ante el temor de que en el transcurso de ella se descubra su hábito autoerótico por alguna secuela física observable en su organismo. Y dicha demora puede poner en verdadero peligro la salud de la joven al retrasar el diagnóstico de alguna enfermedad real. Pero el temor que origina dicho retraso carece de fundamento pues la masturbación no deforma los genitales de quien la practica. No produce cambios apreciables a simple vista. Por lo tanto: es quimérico pensar que alguien pueda descubrir que una chica se masturba con una simple exploración física. Ni aunque dicho examen sea ginecológico, se haga con una lupa de gran aumento y lo realice el galeno más sabio del mundo, sea hombre o mujer. Por otra parte, los médicos de ambos sexos no suelen preguntar a las púberes o adolescentes por sus hábitos autoeróticos. Son presa de los tabúes sociales que hace creer que las chicas “no hacen tal cosa”. Otra cosa son los chicos. Éstos sí que corren el riesgo de tener que pasar por la vergüenza de que se les pregunte por tales actividades a poco que tengan que hacer una consulta que implique los genitales. La presión social llega hasta los consultorios médicos.
Pese a todo, esos temores pueden tener una cierta base real que se ha extrapolado sin fundamento; lo que ha permitido alimentarlos en las mentes de generaciones de jovencitas inseguras. El autor no desearía que se interpretaran mal sus palabras y generar así una aprensión que está lejos de su mente ocasionar. Lean atentamente lo que sigue sin perder de vista las afirmaciones de los párrafos precedentes sobre la falsedad de las atribuciones que se hacen a la masturbación.
Dentro de la normalidad, el clítoris puede presentar una variedad de tamaños importante en cualquier grupo amplio de mujeres que se estudie. Si desean tener alguna referencia más concreta, les diré que el diámetro transversal del clítoris, en reposo, oscila en el 75% de las mujeres entre 3 y 6 milímetros; un tamaño que por su frecuencia puede denominarse "habitual". Además, existe un 5% de mujeres cuyo diámetro transversal del clítoris mide entre 1 y 2 milímetros; a los que se considera "pequeños". Y, finalmente, se llama "grandes" a los clítoris cuyo diámetro transversal, en reposo, se sitúa entre los 7 y 14 milímetros; tamaño que se encuentra en el 20% de las mujeres. Y todos ellos, hay que repetirlo, se consideran dentro de la normalidad185.
El aumento de tamaño del glande del clítoris se ha observado en algunas mujeres que han aprendido a masturbarse tardíamente, pasando de no hacerlo nada a ser unas masturbadoras muy activas. Pero ese incremento de tamaño no ocasiona el desarrollo de un clítoris peniforme. Esto es: no se convierte en un miembro semejante al masculino. Siempre se mantiene dentro de los márgenes de tamaño situado entre los límites de la normalidad mencionados. Y es un aumento de tamaño que sólo puede apreciarlo la propia mujer.
En realidad se trata de un aumento de tamaño relativo. Es una observación que puede hacerse en algunas mujeres adultas porque la ausencia de estímulos sexuales específicos ha mantenido su clítoris con dimensiones "infantiles". Al comenzar a masturbarse tardíamente y ejercitar su tejido esponjoso en el incremento de tamaño por la erección y en su reducción tras el orgasmo, el clítoris termina adquiriendo el calibre que debería haber tenido desde el principio si esa mujer hubiera comenzado a masturbarse antes, como las demás. De modo que, en estas observaciones, no se trata de que el clítoris aumente de tamaño, en realidad, sino que adquiere el que le correspondía desde una magnitud original anormalmente pequeña030.
Los jóvenes varones que sufren fimosis tienen una sensación parecida cuando les operan. Al liberarse el glande y poder expandirse con normalidad, tienen la sensación subjetiva de que el pene ha crecido. Pero, simplemente, se le ha dejado alcanzar el tamaño que le correspondía.
Estas observaciones, mal interpretadas, podrían estar en el origen de la quimera que supone que la masturbación deforma el clítoris.
A pesar de todo, recuérdese que se está hablando de un número limitado de mujeres; y de fracciones de milímetros o de algún milímetro. No se trata de un "agigantamiento" que suponga la virilización de la mujer, o su mutación a homosexual, o su metamorfosis en ninfómana, como se ha llegado a afirmar en alguna ocasión incluso en textos escritos245.
En lo que se refiere al tamaño de los labios menores, solo puede afirmarse que tampoco aumentan su longitud ni se deforman con la masturbación. Este temor también constituye un buen ejemplo de asociación espuria que se ha transmitido como si de una relación causal cierta se tratara. Algunos autores se han hecho eco de esta fantasía escribiendo en libros supuestamente destinados a la educación sexual que "[en las mujeres masturbadoras] los labios menores sobresalen en forma de colgajos" (!)246.
La forma, el color, el grosor y el tamaño de los labios menores de la vulva varían de unas mujeres a otras, dentro de la normalidad. Y una característica anatómica de estos es que casi siempre son asimétricos en la propia mujer. También es cierto que en algunas los labios menores cuelgan más de lo habitual hasta el extremo de poder contemplarse a simple vista aunque tengan cerradas las piernas. Sin embargo, ello no es debido a la masturbación. Es una peculiaridad anatómica, más o menos soportable y estética, como puede serlo la forma y el tamaño de los pechos, de la nariz o de las orejas.
Pero como el desarrollo adulto de los labios menores no se produce hasta la pubertad, las chicas no advierten su asimetría y longitud hasta entonces, que es la edad en la que aumenta la autoobservación debido a la natural curiosidad del momento. La misma época en la que aparece la masturbación, si no lo ha hecho antes. Si la chica se masturba con sentimientos de culpa y es permeable a las historias de terror relacionadas con esta práctica, terminará por creer que se ha provocado esa deformación ella misma. Lo que no es cierto, ni de cerca, ni de lejos, ni a media distancia.
Hagamos un poco de ficción para relajarnos. Como ya saben, los pechos normales también son asimétricos entre las mujeres: uno es algo mayor, pesa y cae más que el otro. Si las mujeres se masturbaran exclusivamente acariciándose los pezones, en vez de la vulva, seguro que se habría atribuido semejante deformidad a la masturbación; puesto que ambas cosas se desarrollan aproximadamente a la misma edad. Con lo que hoy no se encontrarían jóvenes practicando top less en las playas por temor a que los demás advirtieran su costumbre autoerótica.
La reducción de los argumentos al absurdo es un ejercicio muy saludable en cuanto a las historias que se relatan acerca de la sexualidad y de la masturbación. Debería practicarse más a menudo, en lugar de repetirlas sin hacer un mínimo de crítica.
Sostener que la masturbación ocasiona modificaciones físicas apreciables en los genitales femeninos es absurdo y hoy mueve a risa. Pero hubo una época donde se creyó firmemente en ello, hasta el extremo de que su presencia podía poner en duda un delito de violación. La legislación antigua (siglo XIX) entendía que la práctica de la masturbación podría ser motivo de consentimiento para la violación al reflejar costumbres libertinas en la mujer asaltada (!?). Y para determinar su presencia había que encontrar los signos que la evidenciaban. Los cuales eran: “el enrojecimiento lívido de la membrana vulvar, el clítoris generalmente más voluminoso y turgente, el alargamiento a veces considerable y la flacidez de los labios menores”. Tal “desarrollo precoz debe atribuirse a la excitación prolongada por hábitos antiguos y desarrollados de masturbación”247. La joven que tuviera alguna de tales características, anatómicamente normales, y sufría la desgracia de ser violada, era automáticamente culpabilizada de esa agresión. ¡Estremece sólo pensar en ello!
Una futura frigidez es otra de las amenazas que se esgrimen contra las mujeres que se masturban. Esta idea se basa en la teoría freudiana de que la mujer adulta, para ser psicológicamente madura, debe transferir su sensibilidad orgásmica desde el clítoris a la vagina046. De no hacerlo así, quedaría encuadrada en el grupo de "mujeres clitorianas", infantiles o inmaduras, frente al de las "mujeres vaginales", que serían las auténticamente maduras. Y por esa causa serían incapaces de experimentar orgasmos en la cópula, por tener su sensibilidad inmaduramente fijada en el clítoris. Ya he comentado en otra parte que esta idea de la sexualidad femenina es errónea041. No insistiré más en ello. Sólo recordaré que las mujeres frígidas, es decir, las que son totalmente anorgásmicas, sea cual sea el procedimiento de estimulación utilizado, y carecen de cualquier otra sensación voluptuosa son raras. Este mito hace referencia, más bien, a la anorgasmia en el coito. Pero también he señalado con anterioridad que no es verdad que la masturbación transforme a las mujeres en anorgásmicas. Y no me repetiré aquí.
Sólo añadir que se ha encontrado que el 94% de las mujeres que se habían masturbado sin tener problemas de conciencia, ni sentimientos de culpa, alcanzan el orgasmo en el coito sin mayores dificultades. Y también lo conseguían el 85% de las que se habían masturbado muy intensamente en sus vidas; lo contrario de lo que se predica a tal efecto. Hay más: aun aquellas que se habían masturbado reprimiéndose muy fuertemente, con sentimientos de culpa muy consolidados, llegaban al orgasmo en el coito en el 83% de los casos. Sin embargo, sólo alcanzaban el orgasmo en el coito el 35% de las mujeres que decían no haberse masturbado nunca030.
El panorama que dibujan esos datos es completamente diferente al marcado por los temores infundidos en las jóvenes para conseguir que dejen de masturbarse. La masturbación no sólo no torna frígidas a las mujeres, sino que les facilita el camino para tener un mejor ajuste sexual en sus relaciones de pareja, al contrario de lo que sucede con las que no se masturban o afirman no hacerlo. O, al menos, señalan que las mujeres sin inhibiciones sexuales importantes son más capaces de disfrutar del sexo (tanto masturbándose como en el coito) que aquellas que reprimen su sexualidad hasta el extremo de no permitirse ni masturbarse, ni disfrutar en la cópula.
Pero hay más.
El mismo investigador citado030 ha encontrado que las dismenorreas (reglas dolorosas) son más frecuentes (60%) entre las mujeres que se masturban con fuertes sentimientos de culpa; algo menos entre las que afirman no haberse masturbado nunca (40%); y menos aún (15%) entre las que se masturban sin ninguna clase de represión. Los resultados de otros autores permiten añadir a estos hallazgos que existe un buen número de mujeres que han aprendido a combatir la dismenorrea precisamente masturbándose inmediatamente antes, y durante la regla. Como el orgasmo favorece las contracciones del útero, las molestias disminuyen193.
Más aún. En el primer parto de mujeres que se casaron vírgenes y quedaron inmediatamente embarazadas, las contracciones del útero fueron más eficaces en el 86% de las que se masturbaban sin mayores problemas de conciencia; mientras que dicha eficacia sólo aparecía en el 45% de las que lo habían hecho muy reprimidas y con una fuerte carga de culpabilidad. Pero la competencia de las contracciones disminuye al 17% entre las mujeres que afirmaban no haberse masturbado nunca030.
Estos datos no pueden extrañar si tenemos en cuenta que la oxitocina, la hormona que se libera durante el orgasmo y se considera responsable de este, como ya se ha visto, es también la causante de la secreción láctea y de las contracciones uterinas. La masturbación no haría más que entrenar el organismo en la liberación de esa hormona y facilitar su secreción cada vez que es requerida para alguna otra función femenina.
La masturbación tampoco ocasiona mayores problemas en las funciones fisiológicas propiamente femeninas -la regla y el parto lo son por excelencia-, sino que, por el contrario, parece beneficiarlas. Dicho con todas las precauciones que se deseen.
Las consecuencias psicológicas.
La locura, la melancolía, el cretinismo o la idiocia, la pérdida de la memoria, la demencia, la histeria, la neurosis, y la inmadurez psíquica en general han sido los achaques psicológicos atribuidos inapropiadamente a la masturbación037.
Algunos ilustraron tal suposición con observaciones reales pero interpretadas a su gusto. Por ejemplo, es cierto que resulta posible ver masturbarse en público a algunas chicas disminuidas psíquicas, a algunas enfermas mentales, o a ancianas con sus funciones superiores deterioradas por la demencia. Sostener sobre esa base que la masturbación es la causa de sus dolencias resulta insultante. Lo que realmente ocurre -cosa, por otra parte, no muy difícil de inferir- es que esas enfermas tienen las mismas necesidades sexuales que las personas cuerdas, pero carecen de sus mismos frenos psicológicos y sociales. Por eso, cuando surgen sus deseos eróticos, como lo frecuente es que carezcan de compañeros con los que mantener relaciones, no sienten ningún pudor en masturbarse delante de cualquiera, en lugar de aislarse como harían las mujeres sanas. Pero en tales casos, lo primero es su insania y lo secundario la masturbación. O, dicho de otra manera más apropiada: la masturbación es una práctica común entre las personas cuerdas y las que no lo son; la diferencia se encuentra en que estas últimas hacen a la vista lo que aquéllas ocultan.
En cualquier caso, aquí también es aplicable la reducción del argumento al absurdo para comprobar su insolvencia. Ya lo habrán hecho los lectores por su cuenta al verificar que las calles no están llenas de deficientes mentales; a pesar de que la mayoría de las personas que las transitan se habrán masturbado en más de una ocasión.
No parece que valga la pena detenerse más en ello.
Sin embargo, no está de más valorar aquí la relación causal que algunos han establecido entre la masturbación y las neurosis en general -lo que incluye a la histeria- así como con la inmadurez de la personalidad.
Es bastante común la idea de que las personas que no tienen relaciones sexuales terminan "mal de la cabeza". En su versión machista, estar "mal jodida" o "mal follada" (y perdónenme las expresiones) es una idea que se esgrime públicamente sin recato para justificar el mal humor o la condición destemplada de algunas mujeres; en su versión hembrista, "ése necesita echar un polvo" o "necesita que le hagan un favor" son otras frases que se escuchan con frecuencia haciendo referencia a los hombres ariscos o de carácter acedo.
Con semejantes expresiones se resume un lugar común existente entre la población general por el que se considera que una vida sexual desarreglada o inexistente conduce a la neurosis. Como para algunos no hay nada más desarreglado en la sexualidad que la masturbación, se ha terminado por afirmar que ella es causa de las neurosis046 (Freud lo creyó durante la mayor parte de su vida), o que resulta un indicador de la inmadurez de la persona que la practica; puesto que lo maduro es pasar de la masturbación infanto-juvenil a las relaciones sexuales con otro sujeto en edades adultas.
Las cosas, sin embargo, suceden realmente de otra manera. Son las personas neuróticas y las previamente aisladas las que, dentro del marco de desadaptación interpersonal que sufren, padecen también problemas en la esfera sexual como un síntoma más de ese desajuste. Después de todo, mantener relaciones sexuales exige interaccionar con otros sujetos, tener en cuenta sus necesidades, solicitar adecuadamente que se contemplen las propias, etc. En tales casos, lo primario es la neurosis, y lo secundario, o uno entre otros síntomas, una vida sexual deficiente.
La experiencia clínica enseña que la ausencia de masturbación no sólo no es signo de virtud, sino que revela lo contrario: una represión tan masiva de la propia sexualidad (que la persona argumenta “no necesitar”) que el sujeto no se permite disfrutarla ni de la manera más sencilla como es masturbándose127.
No insistiré más en ello, remito al lector a los capítulos pertinentes.
Muchas mujeres sostienen aún el viejo mito de que la masturbación ocasiona dificultades en el coito, incluso por escrito014 (también se mantiene en algunos consultorios sexológicos de las revistas “femeninas” y en novelas escritas por autoras de ese sexo; lo que demuestra la fuerza con la que está enraizado el tópico), pero proyectado hacia el hombre.
Contribuye a ello las dificultades que unos y otras pueden tener en los encuentros sexuales más o menos fortuitos y deseados. Cuando un hombre no consigue eyacular en el coito, la actual mitología femenina lo interpreta con cierta frecuencia como que el joven está acostumbrado a masturbarse y, entonces, el estímulo del coito le resulta menos eficaz para alcanzar el orgasmo (es una afirmación que algunas también hacen respecto a sí mismas, como se ha visto, pese a no ser cierta). Y cuando lo alcanza muy rápidamente, o simplemente antes que la chica, el problema se formula de manera distinta: acostumbrado a un orgasmo rápido durante la masturbación, no aprenderá a controlarse bien durante el coito. Es decir, que el mismo acto puede interferir de dos formas diferentes en el coito según ese tópico.
También es falso, naturalmente. Según indica ese mito, la masturbación ejerce un impacto desigual y divergente, según el sexo de quien la practica. Y, además, en los hombres lo mismo podría producir eyaculación retardada como eyaculación precoz que son fenómenos completamente diferentes. Ya he señalado que no es cierta la influencia que se creía que tenía la masturbación sobre la mujer. No hay ninguna razón para pensar que sí la tiene sobre el hombre. Se ha demostrado que los varones que padecen eyaculación precoz, controlan muy bien el tiempo del orgasmo durante la masturbación (tardan más en llegar al orgasmo masturbándose que en el coito)248; que es justo la idea contraria sostenida por ese mito y que reflejan algunos medios de comunicación y consultorios sexológicos mal informados cuando recomiendan practicar en solitario técnicas de retraso eyaculatorio (que sólo son útiles cuando las aplica la pareja del sujeto afectado; pues es en el contexto de una relación de pareja donde aparece la ansiedad que ocasiona las llamadas eyaculaciones precoces). El problema está en que tal mito lejos de ser convenientemente esclarecido por los medios de divulgación, lo enraízan con este tipo de comentarios irreflexivos.
Incomprensiblemente, aún se sigue sosteniendo en algunos libros de autoayuda sexual femenina escrito por mujeres que la masturbación (rápida) puede ocasionar eyaculación precoz en los hombres014,019. Y algunos supuestos expertos divulgadores sobre sexualidad humana lo siguen manteniendo.
¿Hay que repetir otra vez que la masturbación no causa ninguna de las alteraciones que se le atribuyen en ninguno de los dos sexos?
Lo que no parecen entender los jóvenes de ambos sexos es que después de una fiesta regada con alcohol (u otras sustancias) tanto uno como otra tengan dificultades para alcanzar el orgasmo en el coito (orgasmo retardado en el chico y en la chica), precisamente a causa de la acción sedante del alcohol (que obstaculiza la excitación) y por la acción depresora que ejerce este sobre la secreción de oxitocina249 (el neuropéptido responsable de las sensaciones orgásmicas en ambos sexos232).
Los únicos problemas psicológicos que realmente podrían atribuirse indirectamente a la masturbación, son los ocasionados por los infundados temores inducidos en las mujeres desde fuera para que dejen de masturbarse. Semejante ambiente genera un desasosiego que no hace más que incrementar los sentimientos de culpa por los reiterados fracasos acumulados al intentar abandonar esa actividad.
Son fracasos que no pueden extrañar. La sexualidad es una función natural del ser humano. Es una tensión que surge espontáneamente, o inducida por los estímulos pertinentes procedentes del exterior. Por utilizar una terminología coloquial: es algo que "pide el cuerpo", entendiendo la voz cuerpo por algo más extenso que lo puramente orgánico. La masturbación, ya se ha dicho, es una de las formas de reducir los niveles de tensión sexual más sencillas. Es un recurso al que se recurre con facilidad por su proximidad, máxime en una época de la vida en la que concurren una excitabilidad sexual recientemente descubierta e intensa y la prohibición social de mantener relaciones sexuales. Un recurso que se mantiene después a lo largo de toda la vida, como hemos tenido oportunidad de comprobar en otro capítulo.
No son pocos los autores que se han manifestado a favor de la masturbación por considerarla una actividad sexual como otra cualquiera que, por otra parte, está incluida en el proceso de desarrollo del ser humano. Su práctica proporciona un equilibrio psicológico y físico que no son despreciables, aparte de que pueda contribuir a la adaptación a una vida sexual de pareja bien templada. Por eso, insistir en su represión es ir en contra de la Naturaleza. Y de ahí vienen esos repetidos fracasos en abandonarla; los sentimientos de culpa por no lograrlo; y la ansiedad.
Las referencias bibliográficas están extraídas de mi libro “MASTURBACION FEMENINA. Su realidad y leyenda”, descargable gratuitamente desde la pestaña “Mis libros” de este blog

domingo, 1 de marzo de 2015

Lo que más las excita sexualmente a las mujeres.




Los estímulos eróticos son capaces de excitar sexualmente a las mujeres de una manera  tan rápida e intensa como tradicionalmente se ha afirmado que sucede con los hombres. Por eso sería interesante determinar la clase de estímulos que ejercen tal efecto. Existen numerosos estudios al respecto contemplados desde perspectivas muy diferentes. El más sencillo de todos lo aportaron Hatfield y sus colaboradores en 1978, cuando encontraron que las mujeres heterosexuales “se encienden” al contemplar escenas que muestran actividades sexuales masculinas, y “se apagan” cuando dichas escenas eróticas son protagonizadas por mujeres (lo complementario también es cierto para los hombres)115. Aunque otros autores han encontrado que ellas también se excitan cuando ven mujeres desnudas en escenas neutras (haciendo gimnasia) o masturbándose116.
Lo que más excita a las mujeres es contemplar a los hombres masturbándose, después se sienten estimuladas al contemplarles manteniendo relaciones sexuales con una mujer y, en último lugar, cuando sostienen relaciones homosexuales. Estos autores encontraron, además, que no existían diferencias estadísticamente significativas en cuanto a la facilidad que tienen para excitarse tanto las mujeres como los hombres frente al estímulo pertinente115; lo que, sin duda, contradice la creencia popular.
Son hallazgos que desmoronan la vieja idea de que (repito: a grandes rasgos y expresándolo de un modo muy simple) la presencia de las mujeres en los vestuarios masculinos (hombres desnudos) es más inocente que la situación inversa. Y explica que la industria cinematográfica explote con tanta frecuencia las alusiones y las escenas más o menos explícitas de masturbación masculina (bastante más frecuentes y directas que la femenina070) para atraer a las salas de proyección al público femenino, que fue tradicionalmente menos cinéfilo que el masculino.
Ya se ha visto que lo más estimulante para una mujer es contemplar a un hombre masturbándose115. Después viene verlos manteniendo relaciones heterosexuales. Y aquí las mujeres son más sensibles, por el orden que se citan, a las siguientes escenas: románticas heterosexuales; sexo en grupo moderado (dos hombres y una mujer); con intercurso genital heterosexual (incluso aunque el hombre maltrate a la mujer); sexo en grupo explícito (tres hombres y tres mujeres); sadomasoquismo moderado y sadomasoquismo duro. En último lugar se encuentran las relaciones homosexuales masculinas131.
         No puede extrañar el lugar privilegiado que ocupan las relaciones sexuales con un toque romántico; es una preferencia femenina que por repetida tiene bastante validez, aunque sea relativa (conviene no olvidar que la escena de mayor eficacia excitadora es un hombre masturbándose, que tiene poco de romántico; es sexo puro y duro). Ni tampoco que aparezcan en lugar destacado un tipo de relación que puede considerarse humillante para la mujer, al ser cosificada por dos hombres o maltratada por uno solo. Este es un tipo de contenido que se ha considerado tradicionalmente más atractivo para el sexo masculino que para el femenino, y ha sido utilizado por el feminismo extremista para acusar a “todos” los hombres de ser violadores en potencia (Hunt encontró esta fantasía en uno de cada diez de los varones de su encuesta [13%]132). Mientras que han silenciado que dos de cada diez mujeres (19%) tienen esas mismas fantasías006,132 y sienten una especial fascinación por imágenes de sumisión y dominio, en las que, en ocasiones, son forzadas a mantener relaciones sexuales por desconocidos. Que posean tales fantasías tampoco significa que sean potenciales provocadoras de violaciones, o que les guste ser violadas. El mundo de la fantasía es transgresor por naturaleza. Y sirve para eso: transgredir sin problemas reales.
         Sólo el 3% de las mujeres fantasean con forzar a otros a tener relaciones sexuales132. La explicación es sencilla y está en la materia de sus ensoñaciones sexuales. Las mujeres suelen imaginarse a sí mismas como receptoras de sexo prácticamente siempre en sus fantasías133,134. Dado el papel pasivo, beneficiarias de sexo, que suelen otorgarse las mujeres en sus fantasías, no es factible que surjan pensamientos de forzar a otros; pues eso precisaría representarse a sí misma como sujeto activo, donador de estímulos sexuales. Cosa que no hace la mujer. Se volverá sobre ello dentro de unas pocas líneas.
Se ha demostrado que los señores no tienen más fantasías agresivo-sádicas que las señoras135. Y apenas alcanza un 0,5% la proporción de varones y mujeres que desean forzar o verse forzadas, respectivamente, a mantener relaciones sexuales no consentidas por las últimas100. Por otro lado, se ha comprobado que tanto unos como otras se excitan ante la representación visual de asaltos sexuales, si bien bastante menos que cuando contemplan escenas de sexo consentido. Además, ambos sexos se sienten excitados cuando la mujer víctima de la violación alcanza involuntariamente el orgasmo: los hombres, aunque la chica dé muestras de experimentar dolor, y las mujeres, sólo cuando dicha evidencia no resulte demasiado explícita aunque se pueda sospechar136.
         Cuando fantasean las mujeres tienden a imaginarse como sujetos pasivos a quienes se les hacen cosas; mientras que en las fantasías de los hombres son ellos los que hacen133,134. El mundo interior que reflejan tales fantasías muestra las diferentes actitudes que tienen aún unos y otras frente al sexo. En la cama, la tendencia de las mujeres es esperar a que se les haga, mientras que los hombres han sido instruidos en que son ellos quienes tienen que hacer. Estas diferencias se están rompiendo poco a poco; pero con una lentitud exasperante. Posiblemente esa actitud condiciona la extraordinaria pasividad con que algunas mujeres enfrentan los problemas de erección o de eyaculación retardada de sus parejas, por poner algunos ejemplos. Pasividad que los terapeutas tienen que romper para resolver esas disfunciones cuando es de origen meramente psicológico. Pero no es este el lugar donde desarrollar tal tema.
         Cuando una pareja acude a los consultorios sexológicos suelen consultar por la disfunción que afecta a uno de sus miembros, no suelen considerarlo un problema de ambos. Pero, además, los dos mantienen una actitud hacia el problema claramente diferente. Así, lo frecuente es que el hombre se autoinculpe tanto de los problemas que le afectan a él como de los que atañen a la mujer. Ésta, por el contrario, no suele inculparse a sí misma nunca: ni de los problemas que aquejan al hombre, ni de los que le afectan a ella. Su tendencia es atribuir a las circunstancias ambientales el origen de la disfunción que presente el hombre137,138. Ello se debe, sin duda, a la diferente socialización sexual que reciben unos y otras. Los hombres hacen, luego si algo falla es culpa de ellos; a las mujeres les hacen (reciben), luego si algo falla es que el hombre no sabe hacerles bien. Siguiendo en la misma línea de razonamiento, sólo podrá equivocarse quien se arriesga a realizar cosas. Quien no se atreve a hacer nunca nada no puede equivocarse… pero tampoco acierta.
¿Y qué relación tienen las mujeres con la pornografía? La mujer no es indiferente al material pornográfico, como postulan algunas teorías. Se sienten excitadas tanto por el material visual como por el escrito, aunque tengan sus preferenciasl139.
El mundo de la pornografía gráfica mueve millones de euros al año en todo el mundo. Su clientela mayoritaria, pero no exclusiva, ha sido tradicionalmente masculina (el 41% de los hombres). Las mujeres (un 16% de ellas)100 aún tienen que realizar un consumo más clandestino de ese material por la interdicción social que existe sobre este y el confesado pudor que ellas sienten para entrar en las sex-shops y adquirir ese u otro tipo de equipamiento erótico. Aunque ahora resulta más sencillo adquirir vibradores porque no tienen forma fálica, están etiquetados como “masajeadores íntimos” y se venden en las grandes superficies de electrónica de los grandes almacenes generalistas.
Las cifras señaladas en el párrafo precedente hacen referencia a un consumo más o menos regular de pornografía, pero no al contacto circunstancial con dicho material que es decididamente universal entre ellas (97%)120.
Pero las diferencias se están acortando a pasos agigantados, en la misma medida que se admite socialmente la normalidad del consumo de estos productos por parte de la mujer. La presencia de autoras de sexo femenino en la ya desaparecida colección erótica La sonrisa vertical de la editorial española Tusquets fue importante mientras existió. Y el de sus lectoras también. Y mujeres son las que han dirigido películas distribuidas en circuitos comerciales con escenas de sexo explícito: Avendre (Laetitia Masson, 1998), Post coitum (Brigitte Roüan, 1998), Romance (Catherine Breillat, 1999), Baise-moi (Virginie Despentes y Coralie Trin Thi, 2000); frente a las rodadas por hombres: Lucía y el sexo (Julio Medem, 2001).
Esa diferencia también la está acortando cada día Internet, debido al supuesto anonimato que permite su consumo. Sin embargo, incluso en la Red se dan algunos elementos diferenciadores entre los hombres y las mujeres que acuden a este tipo de páginas. Los hombres siguen prefiriendo el material gráfico (fotografías, vídeos), mientras que las mujeres tienden a visitar más los chats eróticos para mantener conversaciones subidas de tono y practicar el cibersexo140.
Es un hecho que no puede extrañar. Cada género se entretiene con el material que se adapta mejor a sus aptitudes específicas. Y algunas investigaciones señalan que en el hombre existe un predominio de las áreas cerebrales visuoespaciales, mientras que la mujer tiene más desarrollada las áreas especificas del lenguaje141,142,143. Pese a la incuestionable influencia que tiene la cultura sobre los comportamientos sociales y los gustos personales, existen algunas evidencias que muestran que esta especialización cerebral surge en etapas del desarrollo embrionario muy tempranas y se relacionan con la presencia de andrógenos en el torrente sanguíneo del complejo madre-feto. Cuando se han seguido hasta la edad de veinticinco años a niñas que estuvieron sometidas con certeza a elevadas concentraciones de andrógenos durante su gestación, se ha observado que ello no interfirió en su orientación heterosexual, pero determinó en ellas un gusto por actividades que exigían una mayor capacitación visuoespacial del cerebro. Y, respecto a la actividad sexual, mostraron una mayor preferencia por la utilización de estímulos gráficos, visuales, como la descrita para los hombres050.
Dentro de los contenidos, las mujeres prefieren aquellos elementos eróticos y abiertamente sexuales que se encuentran incluidos en historias románticas; aunque no hagan ascos a otro tipo de material explícito como ya se ha visto con anterioridad. A menudo se da a la voz “preferencia” un significado de exclusividad que no tiene, pues sólo marca una tendencia que no es excluyente. Prueba de que las mujeres también son sensibles al material gráfico es la cantidad ingente de dinero que se gastan las marcas de cosméticos, lencería femenina, etc., en publicidad que incluye hermosos cuerpos desnudos para atraer las miradas femeninas hacia sus productos. No se trata de que las mujeres sean “ciegas” a ese tipo de material, sino que los contenidos que prefieren son otros. Las mujeres necesitan “darse permiso” para admitir unos determinados alicientes eróticos. Por eso algunas (36%-40%) han desarrollado una nada desdeñable habilidad cognitiva inhibidora cuasiautomática111 para aquellos estímulos que les pueden resultar vergonzosos, lo que les permite mirarlos haciendo como que no los ven.
El material que reúne ambas cosas, es decir: un contenido erótico de corte romántico y una configuración basada en las palabras, también existe. Son las novelas románticas (o “rosas”), consumidas por un público inequívocamente femenino.
También existe un enorme mercado mundial de novelas románticas que produce suculentos ingresos a sus productores. Puede sostenerse sin forzar demasiado las cosas que dichas novelas, con sus guapos héroes, sus tórridas y difíciles historias de amor, y el inevitable final feliz, es la “pornografía” femenina adaptada a su más desarrollada capacidad para la palabra y preferencias temáticas.
La lectura de estas novelas excita sexualmente a sus lectoras, constituye una buena fuente de fantasías y proporciona estímulos suficientes para aliviar la tensión acumulada mediante la masturbación.
Aunque son pocas las mujeres que reconocen que las novelas románticas las excitan (18%120), cada día hay más que se atreven a reconocerlo de forma privada, y, algunas, también en público. Cuando le comenté a una colega esta idea (que las novelas románticas excitan a las mujeres) su respuesta fue: “No te lo voy a negar”. Y la célebre escritora Erica Jong144 expone una opinión semejante en su libro ¿Qué queremos las mujeres? Dice que después de creer durante años que el material erótico no gráfico era superior, más elevado y sublime que la pornografía explícita, ha pasado a no establecer diferencias entre ellos, puesto que ambos excitan al mismo organismo aunque lo logren por caminos diferentes. 
Este tipo de pornografía está menos perseguida e interdicta que la gráfica por dos razones principales, no nos engañemos. Porque los censores siempre fueron hombres y nunca supusieron que el material romántico pudiera encender a las damas (a ellos les dejaba indiferentes). Pensaban así, entre otras cosas, porque creían que ellas no tenían esa clase de sensaciones. Y porque las mujeres (que también han perseguido con furia el erotismo gráfico por hacerles sentirse avergonzadas y no ajustarse a sus preferencias) han sido bastante discretas al hablar de las emociones que les despertaban las novelas románticas. A fin de cuentas, ¿por qué pelear contra un material ajustado a sus gustos y dejar así al descubierto sus “debilidades” frente al enemigo común del que hay que protegerse: el hombre145?
La diferencia de género relacionada con la pornografía se refleja también en el gusto que sienten las mujeres por contarse entre ellas los pormenores más íntimos y detallados de sus relaciones sexuales. Tales relatos activan también esas áreas del lenguaje en las que son más diestras, y sus aspectos picantes actúan como el material pornográfico de tipo gráfico en los hombres (quienes nunca llegan a tales extremos narrativos; lo más que hacen es alardear de una conquista entre los amigos, pero no se paran en detalles). Podríamos darle el nombre de pornografía verbal. Y no es una especulación; es un hecho: Erica Jong escribe respecto a sus relaciones con una íntima amiga lo siguiente: “Nos contamos secretos tremendos sobre nuestros maridos […]. Sabemos el tamaño de su polla y cuánto dinero ganan y si son […] divertidos o aburridos en la cama y si roncan […], van o iban de putas…”012 (pág. 411-412).  En nuestro medio, la periodista Sylvia de Béjar ha escrito: “… a más de un hombre se le pondrían los pelos de punta si nos oyera hablar a algunas buenas amigas. Dicen que ellos sólo hablan de sexo, pero a la hora de la verdad, difícilmente sorprenderás a uno haciendo confidencias del calibre de las de algunas mujeres”147 (pág. 179). Este es otro tópico que se derrumba. Las mujeres suelen hablar más y con mayor minuciosidad de hombres, de las actividades autoeróticas masculinas y de las relaciones sexuales que mantienen con ellos (lo que supone desvelar la intimidad de una tercera persona sin su permiso; cosa, por cierto, penalizada por la ley), que los hombres lo hacen de mujeres y de lo que hacen con ellas.
Un ejemplo muy relevante sobre la adquisición del gusto femenino por el erotismo visual nos lo proporcionan los locales de striptease masculinos y las fiestas de despedida de solteras con stripper incluido (léase al respecto, por ejemplo, entre muchos, el artículo de Elena Sevillano “Vida de un «boy»” en EL PAIS SEMANAL nº 1308 (21-10-01), págs. 121-124). Unos y otras siempre se encuentran llenos de mujeres alborotadoras que esconden bajo el aspecto de la gamberrada sus pupilas dilatadas, su corazón palpitante y evidentes humedades menos escrutables. Algunas justifican su asistencia a esos espectáculos como un mero deseo de “hacer el tonto”, cosa que, sin embargo, no estarían dispuestas a admitir en los hombres, a quienes les suponen objetivos menos “limpios” que los propios.
Todo esto podría demostrar que el gusto por los espectáculos visuales con mayor o menor carga erótica no se encuentra tan condicionado biológicamente como podría deducirse de lo expuesto más atrás. Su consumo parece, más bien, una cuestión de oportunidad para desarrollarlo en un medio social que lo permita. Eso es lo que está sucediendo con la mujer en este cambio de siglo, lo que aproxima a ambos sexos más allá de lo que muchos y muchas están dispuestos (o dispuestas) a admitir. La presunta falta de afición femenina por esos espectáculos no ha sido más que un rechazo, psicológicamente comprensible, hacia algo que históricamente les era inalcanzable. (Como cuando alejamos un caramelo muy deseado del alcance de un niño y éste reacciona diciendo que ya no le gusta). En la actualidad, allí donde es posible asistir a esos espectáculos y está socialmente bien visto, se “descubre” que la afición femenina por ellos no se diferencia mucho de su homóloga masculina.
Todo esto justifica el éxito que ha tenido la obra “Cincuenta sombras de Greyde la autora británica E. L. James…, y que el libro haya sido etiquetado como pornografía para señoras o amas de casa. Lo es. Visto desde el exterior, aparenta ser una exaltación de la mujer cosificada y una incitación a la violencia contra ellas. Pero, contemplado desde la perspectiva de la mujer que lo escribió y de sus numerosísimas lectoras, el libro no deja de ser otra cosa que el reflejo de una de las fantasías sexuales más populares entre las mujeres. De ahí su éxito literario, pese a ser denostado como literatura, y cinematográfico, pese a haberse quedado corto en las escenas explícitas. Y es que un hombre guapo, rico y misterioso, que actúa como maestro y “superior”, induce a una joven inocente a realizar actos sexuales de dominio-sumisión, es una imagen sexualmente irresistible para las mujeres (sin que esto signifique, como ya he dicho antes que refleje un deseo real; sólo se trata de una transgresión imaginaria, una fantasía).
 
Los números intercalados en el texto aluden a las referencias bibliográficas de mi libro “La sexualidad femenina (mitos y realidades), descargable gratuitamente desde la pestaña “Mis libros” de este mismo blog.

sábado, 10 de enero de 2015

¿Existe el celo en las mujeres?


Los humanos somos un tipo exótico de primate por muchas razones en las que no se puede profundizar ahora. Pero hay una que sí nos interesa resaltar aquí. Y para discutirla sería interesante establecer una pequeña comparación entre nosotros y nuestros primos los chimpancés, con quienes tenemos bastantes semejanzas genéticas, sociales y cognitivas169,170,171,172.

Entre ellas, puede decirse que tenemos en común que las hembras sólo son fecundables en periodos muy cortos de tiempo que se repiten periódicamente durante una buena parte de sus vidas. Como nunca se sabe cuándo puede encontrarse a una hembra fertilizable, los machos de ambas especies han de estar capacitados de forma permanente para responder desde un punto de vista biológico y psicológico a una que se encuentre en tal estado. Es una ley que no se puede transgredir, pues viene dictada por las necesidades de supervivencia del grupo y de los propios genes.

Respecto a los machos humanos, no está de más advertir que tener siempre la disponibilidad no significa estar siempre disponibles. Implica que su organismo tiene el potencial de ponerse en situación cuando surge la oportunidad.

Es en este punto donde se produce una diferencia zoológica aparente: los machos chimpancés saben que una hembra está receptiva, en periodo fecundable, porque ella les muestra unas señales inequívocas en sus genitales (una sonrosada hinchazón) que también cambian de olor. Pero los machos humanos carecen de esa suerte, porque las hembras no tienen nada parecido. En nuestra especie, siempre se fecundó “a ciegas” hasta hace bien poco. O al menos así se ha creido.

Ese periodo de receptibilidad al macho que tienen las hembras de nuestros parientes los chimpancés y otras especies “inferiores”, se conoce con el nombre de “celo” o “estro”. Fuera de esos días, nuestras primas no aceptan el intercurso sexual con sus machos, según la creencia popular sobre el tema.

La voz estro procede del griego oístros, que significa tábano o aguijón. En sentido figurado se le da el significado de ardor sexual. Algo parecido sucede con la palabra celo, del griego dsêlos, a la que se aplica el significado de deseo reproductivo entre los animales.

Las hembras humanas, carecen de este periodo de “celo”, y por eso se dice que son sexualmente receptivas de una forma permanente. De ese modo quedaría compensada la ausencia de una señal que muestre al macho humano el momento más idóneo para fecundarlas.

Sin embargo, no hay que interpretar literalmente la idea de que las mujeres tienen una disposición constante para las relaciones sexuales. Es cierto que pueden estarlo, pero no lo es que siempre lo estén. Dicho con otras palabras: las mujeres no están permanentemente motivadas, excitadas y dispuestas para el sexo, sino que tienen esa disposición para ponerse en situación cuando existe un estímulo pertinente que las incentiva. Ya señalé antes que con los hombres sucede otro tanto.

Que los deseos sexuales femeninos son frecuentes, es cierto; ya lo hemos visto. Y también sus ganas de satisfacerlos. Eso avalaría la idea de que la receptibilidad sexual femenina permanece intacta todo el tiempo y carece de una ritmicidad acompasada con la situación biológica de su ciclo menstrual.

No obstante, ni es tan seguro que nuestras primas chimpancés sean sexualmente inapetentes fuera del periodo de “celo”, ni tampoco parece que las hembras de nuestra especie no concentren sus deseos sexuales en momentos concretos del ciclo ovárico.

 

a.- En las hembras bonobos.

Aunque la observación del estro parece un hecho entre nuestros parientes los simios, los bonobos, o chimpancés pigmeos (Pan paniscus), mantienen actividades sexuales muy alejadas del momento de la ovulación. Utilizan el sexo para interactuar socialmente, y lo usan también con fines lúdicos claramente no reproductivos173. algo que sucede también entre simios más alejados evolutivamente de los humanos174,175.

La sociedad bonobo es fascinante. Parece nuclearse en torno a un círculo de hembras dominantes que mantienen sus vínculos interactuando de forma permanente entre sí mediante la desparasitación ritual y el intercambio de refuerzos sexuales positivos por medio del tribadismo (frotamiento de unos genitales con otros). Algo que no está relacionado con el celo. Cuando les conviene, saben manejar adecuadamente la agresividad de los machos dominantes, que siempre están subordinados a ellas173.

Se ha observado algo muy interesante entre estos chimpancés. Los machos suelen desarrollar toda su vida dentro del grupo que les ha visto nacer, mientras que las hembras tienden a emigrar a otro clan, probablemente para reducir el riesgo de acoplarse con un macho reproductor que bien podría ser su padre. De hecho, un buen número de las hembras bonobos se movilizan hacia otros grupos diferentes al suyo para reproducirse. Pero eso no se hace de cualquier manera: exige un complicado proceso de adaptación de la recién llegada a las costumbres del grupo receptor (ya se comenta en otra parte que los distintos grupos de chimpancés tienen modelos de comportamiento distintos entre sí; conductas que obedecen a verdaderas culturas diferenciadas176). Pero las jóvenes hembras bonobos no se adaptan de cualquier manera; siguen una estrategia específica para obtener antes que nada el beneplácito del círculo de hembras dominantes del grupo adoptivo. Y para conseguirlo se dedican a acicalarlas y a prestarles los servicios sexuales mencionados más arriba; los mismos que estas emplean entre sí para mantener la amistad y reforzar los vínculos. Sólo cuando las hembras dominantes del grupo receptor aceptan a la recién llegada, se le permite tener acceso al círculo de los machos reproductores173.

Es un modo de utilizar el sexo que se encuentra bastante alejado del momento restringido de la ovulación. Es un sexo hedónico e instrumental, no reproductivo.

En líneas generales, el sexo es utilizado por todos los bonobos para interactuar socialmente y limar tensiones, sean machos o hembras, adultos o retoños. Comparten con nosotros, pues, la separación parcial que existe entre el sexo y la reproducción.

Y se asemejan a nosotros aún más de lo que se cree. Así, los bonobos que viven en libertad no sólo practican uno de cada tres de sus coitos en la “posición del misionero"; esto es: con la hembra tumbada de espaldas en el suelo y el macho encima, cara a cara (lo que se creía una práctica exclusivamente humana, y a la que se atribuía ciertas connotaciones emocionales superiores que pretendían justificar dicha exclusividad)173, sino que la receptividad sexual de la hembra se manifiesta casi sin solución de continuidad durante todo su ciclo menstrual.

Además, utilizan el sexo en los contextos más variados y en cualquier clase de combinación de parejas (adultos-adultos, jóvenes-jóvenes, adultos-jóvenes, machos-hembras, machos-machos, hembras-hembras): practican el sexo oral esporádico, la masturbación de los genitales de otro individuo, besos intensos con lengua; utilizan el sexo para evitar conflictos, para aliviar tensiones, para reconciliarse, y para lograr de otro individuo alimentos o cualquier otra cosa de su interés. Tal comportamiento exige saber que dichas actividades producen unas sensaciones que son capaces de aliviar las tensiones. Existen otras ocasiones en que los bonobos no utilizan el sexo para pacificar a otro miembro de su especie; se limitan a saludarle con las manos o a espulgarles. Ello parece indicar cierta capacidad discriminativa para decidir la clase de conducta de apaciguamiento que precisan utilizar en cada momento. Son comportamientos que no parecen muy instintivos. Se aprenden. Las hembras bonobo también se masturban a solas; lo que, por muchas vueltas que se le quiera dar, carece de otra significación que no sea la búsqueda del placer proporcionado por esa actividad102,171,173,177.

 

b.- En las hembras humanas.

¿Y entre las mujeres? ¿Existe algo parecido al “celo”? No podría sostener que sí; pero tampoco se puede decir que no.

Una investigación realizada hace más de cincuenta años ya reveló que la apetencia sexual femenina oscilaba durante el ciclo menstrual. Un 71% de las mujeres afirmaban sentir más deseos sexuales antes y durante la menstruación (fase luteínica); otro 41% se sentían sexualmente sensibles poco después de esta (fase folicular); y cerca del 8% se notaban con más deseos durante la ovulación007.

En el informe sobre la sexualidad femenina que Shere Hite realizó mucho después, las encuestadas refirieron que sentían más deseos sexuales antes y durante la menstruación (72%). Otro 16% afirmaban sentirse más dispuestas sexualmente durante la ovulación. Y el 12% lo estaban después de la menstruación034.

Ambas investigaciones parecen coincidir en que alrededor del 84% de las mujeres sienten más apetito sexual durante la fase luteínica (en la segunda mitad del ciclo, Tabla I), esto es: después de producirse la ovulación.

Es probable que muchas lectoras se identifiquen con estos datos. Sin embargo, desde un punto de vista científico, hay que ponerlos en tela de juicio, pues se basan en la percepción subjetiva que tiene la mujer del día del ciclo menstrual en el que se encuentra. Y está comprobado que dicha identificación concuerda poco con la situación (hormonal) real de aquel. Dicho con otras palabras: las mujeres tienden a equivocarse con frecuencia en la percepción del día del ciclo en el que están178.

 

Es posible que esta sea una de las razones por la que fracasa con tanta frecuencia el método anticonceptivo de la continencia periódica. Tradicionalmente se atribuyen tales fallos al afán de “arañarle” días al ciclo para tener más relaciones sexuales. Pero quizás muchos de los “hijos de Ogino” estén más vinculados con esas dificultades que tienen las mujeres para determinar con exactitud el día del ciclo en el que se encuentran que con la picardía de alegrarse un poco más la vida.

Ese fracaso parece lógico, por otra parte, ya que las mujeres tienen más cosas en las que pensar durante cada día, diferentes a la determinación del momento del ciclo en el que estén en cada ocasión.

 

Tabla I.- Síntesis del ciclo genital femenino.

Días

Etapas del ciclo

1-3
Menstruación
 
4-13
 
Período folicular
 
14
Ovulación
 
15-28
 
Período luteínico
 
 
 

Como las investigaciones citadas más arriba hacen que sus datos dependan de la destreza femenina en detectar el momento que se encuentra su ciclo, es admisible dudar de sus resultados. Por eso habrá que considerar tan sólo los de aquellas investigaciones donde se haga una evaluación más objetiva del ciclo menstrual.

            Uno de esos procedimientos es el control diario de la temperatura corporal basal de la mujer, que, como saben, sufre un incremento durante la ovulación. Algunos autores han observado con ese método que la conducta sexual femenina que depende exclusivamente de ella misma, como son el coito a iniciativa propia y la masturbación, se incrementa progresiva y significativamente desde el final de la menstruación hasta el inmediato premenstruo siguiente, con un pico en los días de la ovulación179,180. Tales diferencias desaparecen cuando la mujer toma anovulatorios hormonales; al cesar la ovulación se esfuman las fluctuaciones sexuales durante el ciclo menstrual180. Sin embargo, otros autores han encontrado que, incluso entre estas últimas, se observa un aumento de la actividad sexual en lo que sería la segunda mitad del ciclo; esto es, después de la fecha en que debería haberse producido la ovulación154.

En cualquier caso habrán advertido que estos resultados son muy similares a los referidos con anterioridad: la mujer se siente más receptiva sexualmente, y desarrolla una mayor actividad auto- y heteroerótica, desde el momento de la ovulación hasta la menstruación siguiente, en la fase luteínica.

Pero si bien parece que las mujeres tienen más deseos sexuales después de ovular (lo que favorecería la fecundación, aunque sólo fuera en los primeros días siguientes a la misma), cabría preguntarse si también se excitan frente a estímulos eróticos específicos en unos momentos del ciclo más que en otros.

Aquí, los resultados son más bien confusos.

Slob y cols.181 han comunicado que las mujeres se excitan más en la fase folicular (después de la regla y antes de la ovulación) que en la luteínica, cuando contemplan vídeos eróticos o se masturban con vibradores. Es una excitación que suele mantenerse durante 24 horas; tiempo en el que se producen más fantasías y se tienen deseos eróticos con más frecuencia que en otros momentos del ciclo. Se ha comprobado también que las mujeres reaccionan a los vídeos eróticos con mayor intensidad, tanto subjetiva como genitalmente, cuando realizan una segunda sesión siempre que estén en esa fase folicular182.

Graham y cols. han encontrado que las mujeres tienen más deseos sexuales y mejor humor en el tiempo periovulatorio que en el periodo folicular183.

            Parece comprobado que la sensación subjetiva de excitación sexual y las reacciones genitales elaboradas frente a vídeos eróticos es la misma esté la mujer en el día del ciclo menstrual que esté. Esto es: su ciclo no condiciona ni la intensidad ni la rapidez de su respuesta sexual frente a los estímulos pertinentes154,184,185. Esto permitiría afirmar que si bien los deseos sexuales de las mujeres parecen fluctuar a lo largo de su ciclo menstrual, una vez situadas ante estímulos eróticos efectivos, sus reacciones sexuales son siempre parecidas.

            Es posible que existan elementos más sutiles que intervienen en la excitabilidad sexual femenina. Esto es algo que sólo la investigación de los últimos tiempos está permitiendo dilucidar con cierta limpieza. Así, se ha encontrado que las reacciones genitales de las mujeres ante estímulos eróticos eficaces se incrementan cuando estos van acompañados de fragancias que “huelan a varón”, si se encuentran en la fase folicular183. Es decir, antes de la ovulación.

Los olores parecen jugar un papel importante en las relaciones sexuales humanas. Bastante más de lo que se venía admitiendo hasta ahora, horrorizados como estábamos de aceptar que nuestro cuerpo pueda mantener rastros del origen animal que siempre tuvo. No se trata de que todos intentemos oler bien para facilitar nuestra vida social y soportarnos mejor a nosotros mismos. También nos gusta sentir el olor de nuestra pareja, y percibirlo cuando la abrazamos o en las cosas que usa, por ejemplo. Pero nuestra sensibilidad al olor va aún más lejos. La piel segrega unos mediadores químicos denominados feromonas, imperceptibles de forma consciente, que tienen la virtud de inducir cambios en el sistema endocrinológico y en la conducta de la muy culta y civilizada especie humana.

En líneas generales, hombres y mujeres emiten feromonas que atraen al sexo contrario. Mas, eso no quiere decir que les exciten, ni que les induzcan a mantener relaciones sexuales. Se ha comprobado que la exposición a esas feromonas no incrementa la actividad sexual autónoma (masturbación) que sería lo que mediría realmente dicha acción; promueven más bien el trato social entre ambos sexos186,187.

Qué duda cabe de que para facilitar el contacto sexual lo primero que se hace necesario es que unos y otras interaccionen socialmente. Tales aproximaciones empáticas se relacionan con el momento en el que está el ciclo menstrual de la mujer.

Las feromonas masculinas (androstanos) no son habitualmente atractivas para las mujeres, quienes pueden llegar a sentirlas incluso repulsivas mientras se encuentran en cualquier momento no ovulatorio de su ciclo ovárico. La Naturaleza nos diría que es una forma de mantenerlas alejadas de los machos de su especie cuando no conviene. Pero durante la ovulación, los androstanos se vuelven milagrosamente neutros para las sensibles células olfativas femeninas; no sólo los toleran mejor, es que, además, su percepción les hacen sentirse relajadas y tranquilas, proclives a encontrar a la gente más atractiva que en otros momentos del ciclo188. En definitiva, las mujeres se tornan más receptivas cuando ovulan; se sienten con mayores niveles de tensión sexual por los altos niveles de testosterona que circula por su torrente sanguíneo en ese momento; ven a los hombres con mejores ojos; se sienten más a gusto con ellos y más dispuestas a interaccionar social y sexualmente.

Algo similar les pasa a ellos con la feromonas vaginales (copulinas). El olor les resulta desagradable salvo cuando procede de una mujer que está ovulando. Entonces no sólo se vuelven neutras las copulinas a su olfato, sino que, además, las fotografías de mujeres que antes les resultaban poco atractivas, se tornan milagrosamente seductoras bajo la influencia de esas fragancias corporales; a la vez que sus niveles de testosterona suben a más del doble de la cantidad que circula normalmente189. En definitiva, las mujeres ovulando se tornan irresistibles para los hombres por mediación del olfato.

Sin embargo, la mayor receptividad femenina en el momento de la ovulación no es algo tan pasivo como han mostrado los resultados de la investigación que he comentado antes; sucede todo lo contrario. Se ha podido comprobar que las jóvenes, incluso las que están emparejadas, tienden a cumplir un ritual mensual con sabores atávicos: acuden solas a las discotecas, con poca ropa, para bailar seductoramente a la vista de todos los hombres que están allí presentes. Y ellas mismas reconocen sentirse tentadas a responder a los requerimientos de los varones que se les acercan, aunque no fuera esa la intención consciente que tenían al acudir a la discoteca. Esto es, se encuentran especialmente excitadas y seductoras aun sin ser conscientes de ello ni verbalizarlo de esa forma.

Cuando se determinó el momento hormonal cíclico de esas chicas se descubrió que estaban ovulando. Las mujeres que se encontraban en las mismas discotecas vestidas más comedidamente, o con sus parejas, estaban en otros momentos del ciclo menstrual. Las diferencias eran estadísticamente significativas, iban más allá del simple azar, no sucedían de un modo casual190. Esto es: las mujeres que están ovulando no sólo se sienten más atraídas por los hombres, más tranquilas, más eufóricas y con más deseos sexuales, sino que atraen a los varones mediante la emisión de señales olfativas que les hacen más atractivas a los ojos de ellos y mantienen comportamientos visuales seductores para motivarlos. Algo que no sucede en cualquier otro momento del ciclo menstrual.

Durante la ovulación, las mujeres prestan mayor atención al aspecto físico (indicador de salud y de transmisión de genes vigorosos) que a la inteligencia de los hombres. Se ha comprobado que en ese momento de su ciclo se sienten especialmente atraidas por los rostros que reflejan rasgos más viriles, aunque sepan que el sujeto es menos inteligente191.

            Tales descubrimientos permiten explicar conductas que hasta ahora habían recibido toda suerte de razonamientos sociales y psicológicos casi en exclusiva, sin convencer del todo. Ahora resulta que el fracaso de las campañas de información que se realizan periódicamente sobre los adolescentes para que utilicen anticonceptivos en sus encuentros sexuales también podrían tener una explicación biológica. En las edades en que las hormonas están más alborotadas, la Naturaleza conspira contra ellos (los reproductores más fuertes y sanos) haciéndoles sentirse más atraídos los unos por los otros mediante los olores y promoviendo en las hembras conductas diseñadas para atraer al macho, precisamente en el momento de la ovulación. El periodo de mayor riesgo de embarazo. Y por si fuera poco, tales conductas de proximidad y (potencial) apareamiento (me estoy refiriendo a las citas, a la asistencia a discotecas, etc.) suelen acontecer con más frecuencia por las tarde-noches, cuando el semen de los chicos tiene mayor calidad fecundadora (la eficacia del semen empeora por las mañanas)192.

Si a ello se añade que a estas edades los jóvenes se sienten invulnerables, valoran el riesgo como algo positivo, y se muestran excesivamente optimistas en cuanto a su capacidad para dominar la realidad193,194, la mezcla de todo ello puede resultar explosiva; y de hecho lo es.

 

En España quedan embarazadas al año el 1% de las adolescentes que se encuentran entre los 15 y los 19 años de edad. Esos embarazos representan el 4,4% de la cifra anual total de ellos. El 39% de esos embarazos adolescentes finalizan en un aborto195; porcentaje que en 2007 se incrementó hasta el 70% en la ciudad de Barcelona (EL PAIS nº , 21/11/09).

 

Estos condicionamientos biológicos explicarían también, al menos en parte, por qué una chica se siente irresistiblemente atraída por un chico en un momento dado (ovulación), y cuando consigue una cita con él la semana siguiente, lo encuentra por completo decepcionante sin saber exactamente por qué. Algo parecido a lo que le sucederá al chico.

También nos aportan una explicación adicional a la queja que tanto repiten las mujeres menopausicas de volverse invisibles para los hombres. Es posible que las arrugas resulten socialmente menos atractivas en las mujeres de más de cuarenta años que en los hombres, y que eso les haga a ellos más indiferentes a los indiscutibles encantos que ellas conservan. Pero lo cierto es que esas mujeres ya no ovulan. No transmiten los mensajes químicos de la atracción. No pasan por el momento del ciclo en el que se sienten más receptivas a los olores del macho. Ellas ya no mantienen esas conductas de cortejo elaboradas para atraerlos que les induce la ovulación. Su naturaleza conspira en contra de sus deseos cognitivos de mantener encuentros con los hombres.

¿Será por esto que los hombres mayores, estén solteros, casados, divorciados o viudos, se sienten atraídos o se vuelven a casar con mujeres a las que llegan a doblar la edad?

Hasta aquí los datos.

Una visión apresurada del comportamiento humano podría confirmar que las hembras de nuestra especie carecen de “celo” y son receptivas al sexo de un modo permanente, como se había postulado hasta ahora. Pero, aunque esto sea cierto en cuanto a la exhibición de signos externos de fecundidad, no lo parece tanto cuando evaluamos señales más sutiles y estudiamos con mayor pulcritud el comportamiento humano.

Aplicando la misma finura en la observación de nuestros primos, se encuentra que tampoco les basta la atractiva coloración genital de las hembras para sentirse seducidos por ellas. Existen investigaciones cuyos resultados indican que el enrojecimiento de la piel y la hinchazón genital de las hembras primates durante su “celo” carecen de significado para los machos si no van acompañados del correspondiente componente olfativo (feromona) vaginal196,197.

Todo ello demuestra hasta qué punto eran groseras e insuficientes las observaciones iniciales que pretendían diferenciar el comportamiento sexual de nuestros parientes los simios y nosotros mismos (monos al fin). Tanto en unos como en otros la Naturaleza dispone de ciertas conductas de cortejo para las hembras y los machos, además del olfato, que incrementan las oportunidades  de mantener relaciones sexuales durante la ovulación. Aunque en ambos casos también se tienen relaciones sexuales fuera de esos momentos de máxima fecundidad, por simple placer o conveniencia social.

Los datos referidos con anterioridad parecen mostrar que las mujeres tienen “un freno biológico” en su disposición sexual durante los días que no son fecundas, que consiste en un rechazo del olor masculino. Y sólo cuando ovulan, es decir, cuando son fecundables, experimentan unos cambios internos que les hace cambiar de opinión sobre el olor del varón (ovulando les resulta, cuanto menos, neutro), experimentan mayores deseos sexuales, se sienten más felices, más tranquilas y les induce a elaborar una estrategia de seducción destinada a atraer la atención de los hombres.

Estos, que durante los restantes momentos de ciclo menstrual encuentran el olor femenino poco agradable, modifican su juicio durante la ovulación, y pasa a resultarles al menos neutro. En esos momentos también las ven más bonitas y atractivas. Y por si fuera poco, son atraídos por la actitud seductora que ellas despliegan.

Aquí no hablamos exactamente de “celo” tal y como lo muestran, por ejemplo, nuestras primas las chimpancés. Pero, según hemos visto, el ciclo de la mujer, en lo que conocemos hasta ahora de él, evoluciona de modo que tiende a unir a los sexos y a excitarlos más justo cuando la fecundación de la mujer es posible. Lo que permite intuir que existe algún vago parecido al “estro”.

No está de más atender, como hemos hecho, a los aspectos biológicos que condicionan nuestros comportamientos sexuales. Fundamentalmente porque tendemos a olvidarnos que somos criaturas de la Naturaleza como las demás. Pero también sería excesivo olvidar que asimismo somos seres sociales y que existen elementos culturales que nos condicionan igualmente. Porque la cultura modula la biología y los comportamientos primarios, a veces hasta extremos que hacen irreconocibles sus orígenes atávicos.

Por poner sólo dos ejemplos. Si bien los cambios experimentados por las mujeres durante el ciclo menstrual determinan la aproximación de los sexos durante la ovulación para intercambiar eventualmente algo más que caricias, una cosa tan simple como la disponibilidad de tiempo condiciona por completo que tales encuentros sexuales tengan lugar o no. Y tiempo no sobra en nuestra civilización. La influencia del tiempo laboral para mantener relaciones sexuales es incluso superior al momento del ciclo en el que ellas se encuentren198.

Pero lo contrario también es cierto. Dada la función relajante y ansiolítica que tiene el orgasmo, muchas parejas mantienen unos niveles de actividad sexual elevados, que no se corresponden con sus niveles de tensión erótica real, sino que utilizan el sexo como una forma de descargar las tensiones acumuladas a lo largo del día. El orgasmo siempre será mejor que el nerviosismo; y, en cualquier caso, un relajante más próximo, sano, barato y gratificante que el alcohol o cualquier fármaco ansiolítico. Y cuando esa actividad sexual no es posible, existe el recurso de la masturbación; aún más próxima que la interacción erótica con la pareja. Un buen número de mujeres (entre el 29% y el 39%) no dudan en utilizarla con esos fines relajantes132,199,200.

El otro ejemplo que deseaba reflejar aquí está relacionado con la edad cada vez más juvenil del primer coito de las chicas y con las concentraciones plasmáticas de testosterona.

Se ha acreditado que las mujeres que poseen niveles más altos de testosterona, se masturban y tienen relaciones sexuales con mayor frecuencia que las que tienen tasas más bajas201,202,203. Pero esta hormona tiene otro papel diferente. Se ha comprobado que los índices de testosterona predicen con bastante acierto el inicio de las chicas en la cópula, en el sentido de que lo hacen con mayor precocidad las jóvenes que poseen concentraciones más altas de esa hormona frente a las que tienen niveles más bajos. Mas, sobre el sustrato de precocidad que supone poseer concentraciones altas de esa hormona, se superponen otros elementos culturales que lo modulan restándole parte del determinismo que solemos atribuir a todo lo biológico. Existe un elemento cultural facilitador para buscar esa experiencia, como es el deseo de pertenecer al grupo e iniciarse así en la vida adulta. Y está comprobado que quienes son más permeables a ese factor asimismo son más precoces en el inicio de las relaciones sexuales. Pero también hay otro componente frenador que lo aporta la religiosidad, con su doctrina de retrasar la actividad sexual hasta épocas más maduras de la vida120,204. Y de hecho la retrasa, pese a que las adolescentes verbalizan la moralidad religiosa como un factor disuasorio que va por detrás del miedo a los embarazos, a las enfermedades de transmisión sexual, a la ausencia de oportunidades y al temor a las sanciones sociales205.

Ambos elementos culturales modulan, cada uno en sentido opuesto, una tendencia biológica determinada por los niveles altos de testosterona206.

 

El conocimiento de que los niveles de testosterona incrementan la actividad sexual en las chicas se ha hecho hoy muy popular. En ocasiones, ellas tienden a justificar jubilosamente su promiscuidad sexual señalando “que tienen mucha testosterona”. Si la hipótesis de este libro es cierta, y no se modifica la actitud masculina y femenina respecto a la masturbación de estas últimas, cuando se popularice la idea de que las chicas con más testosterona no sólo copulan más, sino que también se masturban con mayor frecuencia, éstas dejarán de hacer referencias humorísticas a ese estado hormonal.

 

Todo ello demuestra que una visión exclusivamente zoológica del ser humano es tan parcial como la simplemente cultural que es la que prevalece entre nosotros. La tendencia general que existe en nuestra sociedad es sobrevalorar lo cultural y minusvalorar lo biológico, porque ello nos permite contemplarnos a nosotros mismos como seres superiores. Así, conseguimos olvidar que somos simios y que la Naturaleza ha dispuesto para nosotros los mismos elementos de supervivencia, como especie, que para el resto de los seres vivos.

 

Texto extraído de mi libro: “LA SEXUALIDAD FEMENINA (mitos y realidades)”. Las referencias bibliográficas pueden encontrarse en ese texto.